Barbados: Donde el lujo y lo autóctono conviven en el Caribe

PALABRAS Por Leila Cobo
abril 2018
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Fotos por Sofie Warren

La idea era un escape al Caribe, post huracán, a un lugar que no hubiese sufrido los daños del viento, que ofreciera más que playa y mar y pudiese acomodar los gustos de los cuatro miembros de la familia: Mi marido, mis dos hijos universitarios y yo.

Así fue que nos encontramos en Barbados, tratando de entender por qué llegar del aeropuerto a nuestro hotel tomaba una hora en automóvil cuando la isla solamente tiene 34 km de largo y 23 km de ancho. Durante los siguientes cinco días nos dimos cuenta que Barbados es un poco como la historia de "Ricitos de Oro".

Con sus 439 km2 y sus 280.000 habitantes, es grande pero no tan grande, fácil de recorrer entera en un día; tiene playas divinas pero también ofrece un sinnúmero de actividades, desde golf de primera a paseos históricos; es rústica, pero sofisticada; sus aguas son calmadas al oeste y agitadas en el este. En otras palabras, Barbados, la isla más al este del Caribe, es bastante perfecta.

Que la hija favorita de la isla es Rihanna es aparente desde que uno llega al pequeño pero moderno aeropuerto,  adornado con una enorme foto de la cantante. La mayoría del turismo a Barbados, 33.5%, viene del Reino Unido; después de todo, es una monarquía constitucional bajo reino inglés. Pero en 2017, el turismo desde Estados Unidos aumentó un 11.7%.



SU HISTORIA ES INCREÍBLE

No es es una isla donde agobien los turistas, y las distancias de un sitio a otro —cada lugar con su personalidad definida—son lo suficientemente grandes para garantizar una semblanza de privacidad y sentido de lugar. En la costa este, el ambiente es más bohemio y las olas más grandes, perfectas para hacer surf (recomendamos Barry's Surf School).

Nos dirigimos a lo que los locales, o Bajans, llaman el Platinum Coast, la Costa de Platino, al oeste, cuyo nombre deriva de sus casas y resorts de lujo a orillas del mar, como el famoso Sandy Lane, con el que supuestamente es el campo de golf más caro del mundo, The Green Monkey, que requiere invitación para jugar.

Nosotros vamos hacia otro tipo de hotel, Cobblers Cove, un sitio cuya historia y estética refleja lo que es Barbados. Originalmente la casa de vacaciones de un inglés cuya familia –en Barbados desde el siglo XVII– era dueña de una plantación de azúcar, fue vendida a sus dueños actuales en 1968. La convirtieron en un hotel con 40 suites de lujo cuyo look de plantación tropical transporta a otra época.  

“Esto es como un pedacito de lo que siempre ha sido Barbados. Su historia es increíble”, explica Will Oakley, el elegante inglés y administrador general de Cobblers Cove. Estamos tomando el tradicional té inglés, que Oakley sirve todas las tardes a las 4 p.m.  Los martes en la noche, él y su mujer son anfitriones de una recepción formal (la invitación timbrada se le entrega personalmente a cada huésped) en el salón principal.

Completamente renovado el año pasado, Cobblers Cove aún “retiene todo su carácter y encanto”, me dice Oakley con orgullo. “Tenemos parejas que se conocieron aquí y que vienen 50 años después”.
 

TORTUGAS, KARTS Y MONOS VERDES

Al otro día, mi hija y yo madrugamos para nadar con las famosas tortugas de Barbados que se acercan, atraídas por trozos de pescado. Nos echamos al mar cristalino desde nuestro pequeño barquito, y por una hora mágica, nadamos lado a lado (son una especie protegida en Barbados), tan cerca que podemos extender la mano y tocar su caparazón amarillo y negro.

Luego, nos vamos a explorar. Nuestro guía se llama Barry Durant, un Bajan infinitamente cortés y bien humorado con paciencia de santo. Cuando le digo que vamos a Bushy Park (bushyparkbarbados.com) a correr en karts se sorprende un poco, pues no es un típico destino de turista. Originalmente una pista de tierra por 40 años, sus nuevos dueños la renovaron en 2014 como una pista de 2.01 km que acomoda hasta 10.000 espectadores y que cumple las regulaciones Grado 3 de la Federación Internacional de Automovilismo. Hay carreras internacionales de autos, como el Festival of Speed en octubre, pero nosotros vamos a la pista de 1.2 km para karts, que son mucho más difíciles de conducir de lo que parece. La típica “experiencia” kart en Bushy Park es de 10 minutos (hay un “Grand Prix” de 20), pero hoy hacemos ocho vueltas. Pese a que mi instructor me asegura que es imposible volcarse, me toma una eternidad doblar en las curvas, y mis hijos me pasan una y otra y otra vez, divirtiéndose como locos.

De ahí, Barry, nos lleva a una atracción turística más tradicional. Harrison’s Cave (harrisonscave.com), un sistema de cavernas de casi 3 km y transitables en un tranvía subterráneo, un espectáculo de estalactitas y estalagmitas.  

Afuera de la caverna, la vegetación tropical de Barbados lo abraza todo. La isla es conocida por sus monos verdes (green monkey), los mismos que le dan el nombre al campo de golf.

FIESTA EN LOS RUM SHOPS

Esa noche vamos a cenar a Cin Cin, uno de los restaurantes más gourmet de Barbados. A estas alturas nos hemos dado cuenta de que hay dos Barbados: la lujosa, donde un plato fácilmente cuesta US$100, y la más local, la de los rum bars, o bares de ron, y la comida callejera. En Cin Cin (cincinbythesea.com), “el restaurante por excelencia junto mar” con comida mediterránea y un toque caribeño, sirven exquisita comida fresca de mar de las aguas de Barbados. El servicio es impecable y sus dueños, como es el caso con tantas cosas en la isla, son tanto ingleses como Bajans (también son propietarios del nuevo Hugo’s).

A la noche siguiente, Barry nos lleva a su sitio predilecto, Oistin’s, un mercado al aire libre donde la especialidad es pescado y mariscos fritos que se comen en mesas de madera estilo picnic. Los fines de semana hay música en vivo y el ambiente, junto con tiendas de artesanías, se pone festivo. Oistin’s, de paso, queda cerca al centro histórico de Bridgetown, la capital, un ejemplo de arquitectura colonial inglesa declarado Patrimonio Mundial Cultural por la Unesco.

Pero la verdadera fiesta en Barbados sucede en sus rum shops, el término local para el bar de la esquina. El gobierno estima que hay entre 1.000 y 12.000 rum shops, dependiendo qué se considere un rum shop, y son el sitio obligatorio de reunión y tertulia. Vamos a uno legendario, Braddie’s (braddiesbar.com), cuya dueña Santia Bradshaw es miembro del parlamento y también promotora de música.

Braddie’s es tan popular, que “antes decían que era una institución manejada por un político”, me dice Santia con una sonrisa. “Pero somos un rum shop tradicional. Es un bar donde la gente viene, bebe, servimos comida [como el pastel de macaroni] y la pasamos bien”.

En nuestro último día, nos levantamos temprano para ver el amanecer y caminamos a lo largo de la playa hasta Speightstown, el pequeño pueblo cerca de Cobblers Cove, donde la gente se congrega en los andenes como si hubiese fiesta diaria. El ambiente es informal y seguro. En la tarde vamos al aeropuerto, y de paso, pasamos a ver el Concorde Experience, que permite pasearse dentro de uno de los famosos y legendarios Concorde, estacionado permanentemente en Barbados. La isla es uno de cuatro destinos donde volaban los aviones desde Londres. Nuevamente me sorprende la yuxtaposición de lujo y de relax, de lo caribeño con lo sofisticado. Eso es Barbados. Perfectamente balanceada.

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