En Australia intrépido sin querer

PALABRAS por Daniel Shoer Roth
abril 2018
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Los intrépidos exploradores hacemos hasta lo imposible para descubrir y conocer el mundo. Pero al embarcarnos en audaces aventuras, los riesgos son inevitables.

Algunos quebrantos son imprevisibles, como cuando me robaron documentos en una estación ferroviaria en Europa, o cuando sufrí intoxicación alimentaria en un ashram de la India.

Otros contratiempos, los que más rabia dan, son autoinfligidos. Mi problema es que me creo más ágil que Spider-Man, más aventurero que Robinson Crusoe, más fuerte que Hércules y más altruista que el Dalai Lama. Y en realidad…

Uno de mis países favoritos es Australia; debe estar en la lista de “lugares que quiero visitar antes de morir” de todos. Caminé toda Sídney, buceé en la Gran Barrera de Coral y celebré tradiciones aborígenes en un tour de aventuras extremas de cinco días.

Todo bien hasta que fuimos a la conquista del Outback salvaje, el extenso y árido corazón de la gran isla continente. Pero el safari de camping resultó más rústico de lo que preví, y no estaba preparado para disfrutarlo en esas condiciones. Adentrados en el desierto en todoterreno, no había vuelta atrás. Debía desprenderme de cualquier aspiración a la más mínima comodidad.

Está bien –susurré a regañadientes– manos a la obra. A recoger madera entre moscas y dunas, pese al calor, para la fogata. A lavar vegetales y pelar papas porque uno mismo cocina. ¿Y los baños? “Detrás de esa escarpada roca roja”.

Dormíamos en sacos sobre la tierra, sin carpas, hipnotizados por la luz de las estrellas y tiritando de frío. Nos advirtieron mantenernos alejados de los dingos, perros salvajes que parecen tiernos, pero son peligrosos. Pernoctaba aterrado porque creía ver a mi derredor los ojos brillantes de estos carnívoros como lobos fantasmas. Necesitaba ir al “baño”. No me atrevía.

Para más, en mitad de la noche nos azotó una tormenta de arena que surgió de la nada y me entró hasta en los oídos. No había duchas y mis pertenencias se ensuciaron todas.

La región esconde parajes imponentes: Uluru, un enorme peñasco cuyo aspecto cambiante transmite un halo de misterio; los precipicios de Kings Canyon que conducen al “Jardín del Edén”; los montículos rocosos de Kata Tjuta, donde destellan los espectaculares colores de la puesta del sol.

Recordé otra aventura precipitada años antes: un tour de senderismo avanzado en la Península del Sinaí. Una semana escalando montañas bíblicas y acampando en el desierto junto a corpulentos jóvenes deportistas. Yo era un debilucho que quedaba rezagado kilómetros atrás y el grupo se veía obligado a pausar para poderlos alcanzar.

Es estupendo viajar con entusiasmo y motivación, pero a veces hacemos idealizaciones ingenuas que luego, al no cumplirse por nuestras propias limitaciones, causan desencanto.

Aun así, son vivencias positivas, pues me han permitido visitar bellos rincones del planeta y, especialmente, conocerme a mí mismo. Al regresar a Sídney del desierto, de inmediato me hospedé en un hotel, suspiré al ver el baño y, esa noche, dormí como un bebé.

Con el tiempo, olvidas los percances. Y te lanzas a una nueva y descomunal hazaña, contra viento y marea.

Escritor, columnista, editor y biógrafo venezolano radicado en Miami

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