Cuando Luz María Doria Conoció a Gabriel García Márquez

La productora y escritora conoce a su idol literario.

PALABRAS Luz María Doria
noviembre 2019
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Siempre soñé con sentarme a hablar con Gabriel García Márquez. Yo tenía 24 años, había leído todos sus libros y quería comprobar que Gabo sonaba como yo lo leía. Quería contarle que yo era de Cartagena, donde según él mismo había escrito, las cosas se sabían antes de que sucedieran. Le tenía que decir que cada vez que yo iba a Cartagena salía a caminar por las calles del centro amurallado con la esperanza de encontrármelo.

Esa mañana,  cuando contesté el teléfono de mi oficina en Miami, entendí que Dios se divierte cumpliendo sueños aunque a veces cambie las direcciones.

“Si quieres conocer a Gabo ven ya mismo al aeropuerto. Te esperamos en el restaurante del hotel”. El susurro de mi amiga Gioconda Vélez, publirelacionista de una línea aérea y quien tenía que acompañar a Gabo durante las cuatro horas de su escala en Miami, aumentó todas mis velocidades. Mi oficina quedaba enfrente del aeropuerto pero decidí desviarme hacia mi casa para llevar mi libro favorito a la cita: El amor en los tiempos del cólera. Si iba a conocer a García Márquez, tenía que enseñarle mis páginas subrayadas en amarillo como las mismas mariposas de su Mauricio Babilonia.

Como alma que lleva el diablo volé al aeropuerto y entré corriendo por sus pasillos. Tomé un elevador lento que de pronto se abrió y ante mis ojos, estaba sentado, como si nada, García Márquez. Hablaba con mi amiga Gioconda, una cartagenera efervescente.

Lo abracé como si lo conociera de toda la vida, y medio aturdida por la emoción, me disculpé por la demora, explicándole que había ido a mi casa a buscar mi libro. Mejor dicho, el suyo. Enseguida él me lo quitó de las manos, lo abrió y me preguntó:

     “Ajá, ¿y por qué lo tienes tan rayado? Este libro no te lo roba nadie”.

Sin pedírselo, me lo firmó al lado de una flor que él mismo dibujó y luego me leyó la dedicatoria: “A Luz María con una flor para que no le roben este libro”.

Sí. Gabo sonaba como si yo lo estuviera leyendo.

Interrumpiendo mi felicidad, Gioconda se lamentó: “¡Oh!... ¿Cómo no se me ocurrió traer mi libro?”. Gabo respondió: “No te preocupes. Ahora bajamos y te lo compro”.

Media hora después, entramos a una librería del aeropuerto de Miami y caminamos hasta un chico que arrodillado en el piso acomodaba libros. Gabo le preguntó: “Oye, ¿tienes algún libro de Gabriel García Márquez?”.

El joven alzó los ojos y abrió lentamente la boca. Sí, Gabriel García Márquez le estaba pidiendo un libro de Gabriel García Márquez. Con la mano temblorosa buscó “El General en su laberinto” y mientras se lo entregaba, le preguntó: “Usted.... es García Márquez, ¿verdad?”.

Y yo, más emocionada que con mi propio encuentro solo atiné a decirle: “Sí, él es Gabriel García Márquez. Y tú debes ser el único vendedor de libros que le ha vendido a Gabo, uno de García Márquez”. Todos nos reímos mientras Gabo pagaba el libro y así se lo dedicaba a Gioconda: “Para Gioconda, este libro que compré yo para ella”.

Un mes después, Gioconda volvió a llamarme a la oficina. Esta vez me dijo: “Espérate que alguien quiere saludarte”. Enseguida reconocí su voz. “Ajá, ¿y esta vez por qué no viniste a saludarme?”.

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