Acapulco Despierta

El puerto se reinventa con sencillez, memoria y talento.

PALABRAS Marck Gutt
febrero 2020
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Fotografía por Alamy

Es una vieja historia, esa que habla de un Acapulco lleno de estrellas de Hollywood, fiestas devotas de los excesos y glamur propio de la farándula. Con sus más de 20 kilómetros de playa de la ciudad y mares con temperatura de 26 a 31 C todo el año, el puerto pródigo del Pacífico mexicano recibe la siguiente  década con segundos aires.

Nuevos hoteles, como el Dreams Resort & Spa, y centros comerciales exclusivos, como La Isla, dotan a la bahía de nuevo encantos. Mientras tanto, antojos irresistibles, arte urbano y leyendas inmortales, mantienen viva la esencia del puerto. Es momento de hablar de otro Acapulco; el que no necesita de entretenimiento barato para llamar la atención.

En 2018, el aeropuerto de Acapulco estrenó una nueva terminal y en 2019, recibió 800.000 pasajeros aéreos. Algunos vienen cazando novedades como Xtasea, la tirolesa sobre el mar más larga del mundo, que abrió en 2017. Otros, vienen en busca de las playas bañadas de sol, los atardeceres de película, los ceviches frescos que nunca pasan de moda y las lagunas que esconden el secreto de la eterna juventud.


Mirador en el hotel Los Flamingos. / Fotografía Marck Gutt

Recuerdos de oro

Desde el hotel Los Flamingos, en la cima de un acantilado que mira al mar abierto, la postal es seductora. No es difícil imaginar porqué las estrellas de la época de oro de Hollywood se enamoraron de  Acapulco hace siete décadas. Aquí, en los mismos balcones y bajo los mismos techos, John Wayne y su Hollywood Gang –que incluía a Cary Grant, Errol Flynn y Fred McMurray, –cayeron rendidos ante las puestas de sol. El lugar se convirtió en el escondite favorito de Wayne, quien lo compró con sus amigos en 1954 (y lo vendió en 1960). 

Ahora son las playas del sur, conocidas como Diamante, las que consienten caprichos excéntricos y gustos refinados. Los Flamingos ya no tiene el glamur de antaño, pero, los turistas siguen llegando como parte de excursiones históricas que incluyen una visita al hotel, o a pasar la noche. La suite más ostentosa, una construcción redonda donde vivió Johnny Weissmuller y que en su honor se llama “La casa de Tarzán”, cuenta con dos habitaciones, acomoda a seis personas y se alquila en poco más de 200 dólares por noche.

Fito Santiago, el gerente del hotel, mantiene una política de puertas abiertas. “Cualquiera, sea huésped o no, puede visitar el lugar para conocer su historia”, dice, y la visita definitivamente vale la pena. Desde el bar, donde se inventaron los cocos locos (que llevan vodka, ron y tequila), las vistas panorámicas recuerdan una y mil veces por qué Acapulco cautivó a tantos personajes, como Orson Welles, Liz Taylor y Frank Sinatra.


Susy Vielma en el puesto de bolillos de la familia Cabañas. / Fotografía Marck Gutt

Buscando bolillos rellenos

Aunque en Acapulco abundan los restaurantes –desde las cadenas a los sofisticados–la mejor comida es quizás la más local y menos costosa. La Progreso, una colonia popular poco frecuentada por turistas, es un ejemplo del buen comer acapulqueño. Su mercado es un banquete que mantiene vivos los sabores tradicionales. En este edificio, una vuelta y pocos pesos bastan para probar tamales, gorditas de elote y chilate, una bebida hecha a base de arroz, cacao y canela.

Los domingos, cuando los locales salen a la calle en busca de bolillo relleno, el mercado se atiborra. En el puesto de la familia Cabañas, esta especialidad es un éxito rotundo. Susy Vielma, tercera generación en el negocio, cuenta que “el secreto está en el pan horneado a la leña y el relleno de carne de cerdo preparado con papa, piña, plátano macho, zanahoria, chile guajillo y especias como canela y clavo”.

A orillas del mar, una palapa modesta tienta a los amantes de los mariscos. La Cabaña de Caleta (lacabanadecaleta.com) es un nombre familiar para todo aquel que se dice conocedor de la bahía. Por más de 70 años, el lugar ha servido de manera ininterrumpida platillos como pescado a la talla, camarones a la diabla y pescadillas. El restaurante, que funciona también como club de playa, presume su ceviche Acapulco como estandarte.


Un mural en Bonfil. / Fotografía Marck Gutt

A todo color

En tiempos en que la economía tambaleó al puerto, muchos se fueron. Pero los habitantes de Acapulco, en cambio, pusieron en marcha sus talentos para revitalizarlo. En el Acapulco Tradicional, el más antiguo de todos, una cortina discreta esconde Raya y Línea, el taller de pintura a cargo de Ana Barreto. Con exposiciones en el Centro de la Imagen de la Ciudad de México y el título de mujer pionera en la publicación de cartones a nivel nacional, esta pintora es un orgullo de Acapulco.

Barreto ofrece clases de pintura y sombreros pintados a mano y cuadros de corazones forman parte de su obra. Sin embargo, es un juego de lotería el que la ha puesto en boca de todos. “Estoy enamorada del puerto. Estoy redescubriendo mi identidad y mis raíces”, dice Barreto mientras presume las tarjetas de la lotería acapulqueña, un homenaje a su ciudad natal donde se pueden ver tarjetas como el clavadista de la Quebrada, el pozole de los jueves y el baile de la iguana.

Completamente del otro lado de la ciudad, después de los grandes desarrollos de Diamante, se encuentra Bonfil. Este rincón, a menudo olvidado, solo llamaba la atención de uno que otro surfista y los tragones que no se pierden el festival anual del pescado a la talla. El año pasado, por primera vez, se celebró en esta playa el Meeting of Styles, un festival de arte urbano con presencia en más de 40 países.

Los murales de David de León, pintor originario del estado de Guerrero, se pueden ver regados por el puerto, pero su idea era concentrar la obra de artistas nacionales y extranjeros en un solo lugar. “En Medellín el arte urbano transformó un barrio completo y la gente ahora lo visita; queremos que en Acapulco pase lo mismo”, comenta. Ya empieza. El barrio está colmado de murales y grafitis que hacen ruido en redes sociales y ponen a Bonfil en el mapa.

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